Introducción
La Guerra Civil acabó con la mejor generación de poetas —la del 27— que ha habido en nuestro país, probablemente, a lo largo de la historia. Lorca había sido asesinado y los demás hubieron de partir al exilio. Algunos (Dámaso, Gerardo y Aleixandre) se quedaron en España, sumidos en el “exilio interior”. Otros grandes poetas también hubieron de abandonar el país: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado —que murió apenas unos días después de cruzar la frontera—, Cernuda, Salinas, Guillén, León Felipe… El panorama era desolador, pero nuevas voces —y otras no tan nuevas— fueron abriendo nuevos caminos para la poesía española.
Hemos incluido en este tema, en primer lugar, la figura de Miguel Hernández, cuya obra cumbre se produjo en la cárcel tras el fin de la guerra. La poesía de posguerra se divide, principalmente, en dos corrientes: la poesía arraigada —de contenido patriótico, religioso, de evasión, etc.— y la poesía desarraigada, de contenido existencial. Los años 50 se caracterizan por un giro hacia lo social. La apertura de los años 60 permite la irrupción de nuevas tendencias creativas, como la poesía del conocimiento. Los novísimos, en los 70, dan un aire totalmente novedoso a la creación poética española.
1. La poesía durante la Guerra Civil. Miguel Hernández
Durante los convulsos años de la II República y, especialmente, durante la Guerra Civil, algunos poetas cultivaron una poesía política y de circunstancias. Entre ellos destacan nombres como Pablo Neruda, Rafael Alberti y Antonio Machado. Sin embargo, el nombre de Miguel Hernández es el que más se suele relacionar con este momento histórico.
Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942) ha sido considerado un “genial epígono” de la Generación del 27. De hecho, su poesía nace en pleno proceso de transición entre la innovación vanguardista y la rehumanización que experimentaron algunos de los poetas del 27, a los que le unieron vínculos estéticos y personales, no siempre fáciles. De formación autodidacta —a los catorce años tuvo que abandonar la escuela para cuidar el rebaño de cabras de su familia— su evolución poética supone un proceso de aprendizaje, de asimilación y experimentación en el que va incorporando diferentes aportaciones: de los clásicos (Góngora, San Juan de la Cruz, Garcilaso) y de sus contemporáneos (Aleixandre, Neruda). Su evolución ideológica lo lleva, a su vez, desde el catolicismo a la militancia republicana y comunista durante la Guerra Civil.
1.1. Temas y estilo
La obra de Miguel Hernández está impregnada de una emoción intensa, de un hondo contenido humano, enmarcado en unos versos de gran perfección formal. Miguel Hernández destaca entre los creadores poéticos españoles por su dominio absoluto de la métrica, por la perfección de sus endecasílabos y sus sonetos, principalmente.
Su obra gira en torno a tres núcleos temáticos:
- El amor, como deseo insatisfecho o, más tarde, como sentimiento de plenitud y dicha.
- La muerte y el dolor, que llenan muchas de sus experiencias vitales, que se acentúan especialmente durante la guerra y la posterior experiencia de la cárcel.
- La vida y la esperanza. Su obra está llena de vitalismo, unido al amor y a la solidaridad; la esperanza de un futuro mejor justifica la lucha.
La poesía de Miguel Hernández se caracteriza también por la presencia de ciertos símbolos, que giran en torno a los temas citados. Entre estos símbolos destacan los símbolos eróticos: el vientre y el sexo femenino, que son el centro de la vida, el refugio seguro, la plenitud amorosa; aparecen nombrados mediante metáforas en las que predominan los elementos de la naturaleza. También hallamos símbolos del dolor, nombrados mediante armas (carnívoro cuchillo) o partes del cuerpo (puños que amenazan, dientes, etc.). Como símbolos de la muerte encontramos la figura trágica del toro, la oscuridad, la noche, el vacío.
1.2. Trayectoria poética
En su primera etapa, influido por su amigo Ramón Sijé, se caracteriza por la búsqueda de un lenguaje propio. Publica los libros Perito en lunas, escrito en octavas reales, con influencia gongorina y vanguardista, y El rayo que no cesa (1936), integrado por una serie de sonetos centrados en el tema amoroso, como sentimiento trágico que no puede completarse pues las pautas morales impiden a la amada acceder a su pasión erótica. Este libro incluye la conmovedora “Elegía” a Ramón Sijé, escrita en tercetos encadenados.
La segunda etapa del poeta coincide con la Guerra Civil, y está marcada por la influencia de la “poesía impura” de Pablo Neruda. Su poesía adquiere un tono de exaltada protesta frente a las injusticias sociales. Dos libros forman esta etapa: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1938).
Los últimos poemas de Miguel fueron escritos en la cárcel y se recogen en su libro póstumo Cancionero y romancero de ausencias. Los sentimientos de la ausencia, del dolor por la muerte de su primer hijo, del hambre que sabe que están sufriendo su esposa y su segundo hijo (son estremecedoras las “Nanas de la cebolla”), así como los sentimientos encontrados de odio, y de amor esperanzado, llenan este libro, considerado el mejor de la obra hernandiana.
2. La poesía en los primeros años de posguerra: tendencias y autores
En los poetas que no marchan al exilio, Dámaso Alonso encontró —en acepciones ya asumidas de forma general por la crítica— dos caminos fundamentales: poesía arraigada y poesía desarraigada. No obstante, podemos encontrar otras tendencias de importancia en la poesía española de los años 40 y principios de los 50.
2.1. Poesía arraigada
Bajo este epígrafe estarían, según Dámaso, aquellos poetas que se expresan “con una luminosa y reglada creencia en la organización de la realidad”. En torno a la revista Garcilaso se agrupan un grupo de poetas que ven en Garcilaso de la Vega un ejemplo de claridad, perfección y orden. En formas clásicas, fundamentalmente el soneto, encierran una visión del mundo coherente, ordenada, serena, predominando la poesía sacra, la poesía amorosa y la poesía imperial, con un sentido de pura evasión; señalemos a José García Nieto (1914).
En torno a la revista Escorial hay otro grupo de poetas de mayor interés, la llamada generación del 36: Luis Rosales (1910-1992), Leopoldo Panero (1909-1962) y Luis Felipe Vivanco (1907- 1975), a los que podríamos añadir a Dionisio Ridruejo (1912-1975), jefe de propaganda de Falange que evolucionará a posturas progresistas, que desbordarán esta línea de clasicismo formal hacia una poesía de aliento social y renovación formal.
2.2. Luis Rosales
El poeta más destacado es, sin duda, Luis Rosales. Nació en Granada en 1910 y murió en Madrid en 1992. Aunque era miembro destacado de la Falange, fue un gran amigo de Federico García Lorca, el cual le pidió ayuda al comienzo de la Guerra Civil. Rosales escondió a Lorca durante algún tiempo en casa de sus padres, donde finalmente fue detenido para ser posteriormente asesinado por los fascistas.
Su primer libro, Abril, anterior a la Guerra Civil, es de contenido amoroso y religioso y se caracteriza por el cultivo de estrofas clásicas. Su libro más destacado e influyente, ya tras la guerra, fue La casa encendida, de 1949, aunque su edición definitiva saldría en 1967. Rosales cultiva largos versículos, con un lenguaje directo y con imágenes que recuerdan al surrealismo. Con ello pretende expresar su propio mundo, su realidad anímica, sus vivencias, sus recuerdos y emociones, sus experiencias personales y vitales.
2.3. Poesía desarraigada
«Para otros, —decía Dámaso Alonso— el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y de toda serenidad». En este sentido, destaca su Hijos de la ira (1944).
Es en la revista Espadaña donde se dan cita los poetas de tono trágico, descorazonador, “tremendista”, que se enfrentan a un mundo deshecho y caótico, invadido por el sufrimiento y la angustia. La religión, cuando aparece, lo hace con un tono de desesperanza. Este humanismo es de corte existencialista. En esta tendencia hay que incluir a Victoriano Crémer (1906-2009), Eugenio de Nora (1923), José Luis Hidalgo (1919-1947), Carlos Bousoño (1923-2015) y los primeros libros de Blas de Otero y Gabriel Celaya.
2.4. Dámaso Alonso
Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990) fue uno de los miembros más importantes de la Generación del 27. Además de por su obra poética, destaca su labor como filólogo, profesor universitario, crítico literario y director de la Real Academia de la Lengua, que le valió, entre otros galardones, el Premio Cervantes, en 1978.
Antes de la Guerra Civil había sido uno de los principales defensores de la poesía pura, con composiciones de gran sencillez expresiva contenidos en su libro Poemas puros, poemillas de la ciudad (1921). En 1944 publicó Hijos de la ira, libro con el que se inicia la corriente de poesía desarraigada. Es una poesía tremendamente humanizada, caracterizada por el uso del verso libre y un lenguaje directo, intenso y desgarrado, mediante el cual expresa su rebeldía, su angustia y su dolor por un mundo monstruoso, lleno de horror y de miserias, por la injusticia y la muerte, por la misma existencia humana. Este sentimiento de angustia existencial y desasosiego se muestra de nuevo en obras posteriores, como Hombre y Dios (1955).
2.5. Otras tendencias
Inclasificables son José Hierro y José María Valverde que, alejados de postulados conformistas, escriben una poesía de corte existencial el primero y de carácter religioso el segundo.
El “Postismo” es un movimiento de vanguardia (postsurrealismo, el último “ismo”) fundado en 1945 por Carlos Edmundo de Ory (1923) que reivindica la imaginación, lo lúdico.
Finalmente, el Grupo Cántico, creado en Córdoba en torno a la revista “Cántico” (1947-1949), se inclinó por una poesía de carácter culturalista y barroca. Pablo García Baena (1923) es su mejor representante.
3. Los años cincuenta y la poesía social
Esta poesía busca superar la angustia existencial para situar los problemas en un marco social. La poesía es un instrumento de transformación social (“un arma cargada de futuro”, dirá Celaya en el poema que sirve como manifiesto de esta corriente); el poeta se hace solidario de los demás hombres, antepone el contenido sobre la forma adoptando un estilo sencillo y, a veces, prosaico. Se deja notar el influjo de poetas españoles como A. Machado y M. Hernández, y de autores hispanoamericanos como el peruano César Vallejo (España, aparta de mí este cáliz) y el chileno Pablo Neruda (España en el corazón).
3.1. Gabriel Celaya
Nació en Hernani (Guipúzcoa) en 1911 y murió en Madrid en 1991. Fue obligado por su padre a estudiar ingeniería y a dirigir la empresa familiar. A partir de 1946 abandonaría esta profesión para dirigir la colección de poesía «Norte», editorial que pretendía establecer vínculos entre la poesía del 27, la del exilio y la europea, publicando traducciones de importantes poetas como Rainer Maria Rilke, Arthur Rimbaud, Paul Éluard o William Blake.
Gracias a su estancia en la Residencia de Estudiantes, antes de la Guerra Civil tuvo relación con los autores de la Generación del 27 y cultivó una poesía próxima al surrealismo. Sus obras de los años 40 están vinculados al existencialismo, pero su nombre irrumpe en el panorama poético especialmente a partir de la publicación, en 1951, de Las cartas boca arriba. Celaya defiende que la poesía no ha de ser un producto cultural elitista, sino un arma para transformar la sociedad. En esta misma línea se publica en 1955 su libro Cantos iberos, de tono claramente beligerante y de exaltación de la lucha social. El poema más conocido de este libro se titula «La poesía es un arma cargada de futuro».
Su obra es muy extensa y, al entrar en crisis el modelo de poesía social, recuperaría la tendencia de sus orígenes. Entre 1977 y 1980 publicó sus Obras completas, en seis volúmenes. A pesar de que en 1986 fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, los últimos años de su vida transcurrieron entre penurias económicas —prácticamente en la indigencia— que le llevaron a vender su biblioteca a la Diputación Provincial de Guipúzcoa, y a que el Ministerio de Cultura se hiciera cargo del coste de su estancia en el hospital en 1990.
3.2. La poesía de José Hierro
José Hierro nació en Madrid en 1922 y murió en esta misma capital en 2002, aunque pasó la mayor parte de su vida en Cantabria. Durante la Guerra Civil publicó sus primeros poemas en publicaciones del frente republicano. Tras la contienda pasó más de cuatro años en cárceles franquistas, experiencia que marcaría poderosamente toda su vida.
En 1947 publica Tierra sin nosotros, libro que presenta un país en ruinas, con una visión pesimista. Ese mismo año, gana el premio Adonais con su libro Alegría, en el que a ese pesimismo existencial se añade la necesidad de la esperanza. Ese existencialismo se vuelve más social y solidario con Quinta del 42 (1952). Esta misma línea social se manifiesta también en su libro Cuanto sé de mí (1957).
Entre sus títulos posteriores destacan Libro de las alucinaciones (1964) y Cuaderno de Nueva York (1998). Además de la poesía, cultivó la pintura y ejerció como crítico de arte. Fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua en 1999 y obtuvo prestigiosos premios como el Príncipe de Asturias de las Letras (1981) o el Cervantes (1998).
3.3. La obra poética de Blas de Otero
Nació en Bilbao en 1916 y murió en Majadahonda (Madrid) en 1979. La temprana pérdida, en apenas unos años, de su hermano y de su padre, junto a los problemas económicos de la familia, marcaron profundamente su carácter desde su juventud. Estudió derecho, pero se dedicó totalmente a la poesía.
Sus primeros versos están impregnados de un profundo sentimiento religioso, con influencia de los místicos. Tras la Guerra Civil, en la que combatió en el bando nacional, participó en varias publicaciones colectivas, con influencias dispares: desde Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27 hasta autores como Rabindranath Tagore, Miguel Hernández o César Vallejo.
En 1944, una profunda depresión lo obligó a recluirse en un sanatorio en Usúrbil, cerca de San Sebastián. Esta crisis hizo tambalearse sus creencias y de ella salieron los dos libros más importantes de su primera etapa: Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951). Estas dos obras las refundió más tarde en Ancia (1958), reelaborando y revisando muchos de los poemas y agregando algunos nuevos.
Estos libros muestran a un poeta que se dirige y busca a Dios, ausente e impasible ante el clamor de su voz, ante su angustia y su desasosiego. También muestra a un hombre que cada vez es más sensible al dolor de los demás hombres. El libro combina la métrica tradicional, con una serie de magníficos sonetos, con el verso libre.
Su segunda etapa incluye libros como Pido la paz y la palabra (1955), En castellano (1960) y Que trata de España (1964). La poesía se hace social y solidaria. El poeta emplea un verso más sencillo, aunque sin perder la conciencia artística, y se dirige «a la inmensa mayoría», expresando sus deseos de paz, de libertad y de justicia, para clamar por la dignidad del ser humano. El tema central es ahora España, su presente y su futuro, así como el recuerdo emocional de diversos lugares. Predomina el vero libre, con influencias de la poesía popular.
En sus últimas obras, Otero busca una renovación formal, con libros como Historias fingidas y verdaderas (1970), una serie de composiciones en prosa con influencias surrealistas y centradas en aspectos autobiográficos o en la reflexión sobre la condición humana.
Del estilo de Blas de Otero es muy elaborado y trabajado. Se caracteriza por los fuertes encabalgamientos, por la abundancia de adverbios, los juegos de palabras, los préstamos literarios de frases o versos de otros autores, las repeticiones y los paralelismos sintácticos, así como las aliteraciones y la incorporación de frases hechas dotadas de nuevo sentido.
4. Años sesenta: poesía del conocimiento
Aunque la poesía social se prolonga durante los años 60, comienzan a aparecer, ya en los 50, (conocidos como generación del 50 o del medio siglo) poetas nuevos que representan una superación de la estética social-realista, aunque en muchos de ellos siga presente el acento social. Debido a la historia común de estos autores, unidos por lazos de amistad, se diferencian dos núcleos:
- Grupo de Barcelona. Reúne a poetas como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, y José Agustín Goytisolo.
- Grupo de Madrid, en el que podemos destacar a Ángel González, José Ángel Valente, Francisco Brines, Claudio Rodríguez y José Caballero Bonald.
Podríamos señalar los siguientes rasgos comunes a todos ellos:
- Preocupación fundamental por el hombre que, en parte, enlaza con el humanismo existencial. Huyen de cualquier forma de patetismo o tremendismo en su creación.
- Inconformismo ante el mundo que los rodea, pero se sienten escépticos sobre el poder de transformación de la poesía, como todas las generaciones posteriores.
- Pere Gimferrer apuntó que “lo propio de estos poetas no es tanto el realismo histórico como la creación y consolidación de una poesía de la experiencia personal”. En este sentido debe entenderse que reciban el nombre de “Poesía de la experiencia”.
- Por ello, sus temas suponen un retorno a la intimidad: el fluir del tiempo (Biedma: “sólo existen dos temas en mi poesía: el paso del tiempo y yo”), el recuerdo nostálgico de la infancia, el amor, el erotismo, la amistad, etc.
- Su lenguaje surge de una exigente labor de depuración y concentración. Bajo una apariencia conversacional y antirretórica, aparece un mayor rigor en el trabajo poético. Cada poeta buscará, no obstante un lenguaje personal sin caer en el experimentalismo, con un tono cálido, cordial, cargado, a veces, de ironía.
Destaca la obra de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) recogida bajo el nombre de Las personas del verbo; Ángel González (1925-2008), con Tratado de urbanismo (1967); Claudio Rodríguez (1934-1999) con Don de la ebriedad (1953); José ángel Valente (1929-2000) con A modo de esperanza (1955)
4.1. Ángel González
Nació en Oviedo en 1925 y murió en Madrid en 2008. Es uno de los poetas más representativos de la Generación de los 50. En sus versos late un gran espíritu crítico y social. Sin embargo, junto a la denuncia y el «testimonio colectivo» e histórico, hay también una poesía más centrada en el «yo». En ella aparecen el amor, los sentimientos, la esperanza, la desesperanza, el paso del tiempo o el mismo sentido de la vida, siempre expresadas desde un hondo latido humano. Su estilo adopta a veces un tono irónico y tiende siempre a la sencillez expresiva. Su lenguaje es muy cuidado y adquiere a veces un tono coloquial.
Entre sus obras debemos destacar Áspero mundo (1956), Sin esperanza, sin convencimiento (1961), donde, según el autor, «el término convencimiento debe referirse a la Historia, y la esperanza a mi historia», y Tratado de urbanismo (1967). Posteriormente publicó títulos como Prosemas o menos (1985) y Otoños y otras luces (2001).
4.2. José Ángel Valente
Nació en Orense en 1929 y murió en Ginebra (Suiza) en 2000. Su poesía la concibe como vía de conocimiento y en ella realiza una reflexión que tiene influencia de la tradición mística, no solo cristiana (con ecos de San Juan de la Cruz), sino también en la cábala judaica, el sufismo, el zen o el taoísmo. Su obra evoluciona hacia tendencias filosóficas, siendo cada vez más profunda y complicada.
Entre sus obras destacan Poemas de Lázaro (1960) y La memoria y los signos (1966).
4.3. Jaime Gil de Biedma
Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990) es el principal representante de la escuela de Barcelona dentro de la Generación del 50. La actitud irónica y sarcástica, constante en sus versos, es fruto, en realidad, de una visión desencantada, escéptica y crítica del mundo y de la realidad. La infancia, el amor y el erotismo o la profundización en el conocimiento del propio yo y de su propia experiencia son los temas principales. Su expresión sincera se presenta con voz sencilla, que no simple, y expresiva.
Entre sus obras destacan Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1960) y Poemas póstumos (1968).
5. Años setenta: Los “novísimos”
En 1970, José Mª Castellet publica una antología de poesía contemporánea de amplia repercusión titulada Nueve novísimos poetas españoles. Los integrantes del grupo son Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José Mª Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina-Foix, Guillermo Carnero, Ana Mª Moix y Leopoldo María Panero, nacidos entre 1939 y 1948. Se observan en ellos los siguientes rasgos:
- Estos escritores poseen una distinta “educación sentimental”, en la que, junto a la formación tradicional, han intervenido decisivamente los tebeos o comics, el cine, la música (pop, rock, jazz, blues, etc.), la televisión y los libros ahora conseguidos fácilmente, con lo que conectan con la poesía que se está haciendo en Europa y EE.UU.
- Sus referentes culturales y literarios son amplios y diversos: desde los hispanoamericanos César Vallejo y Octavio Paz a Vicente Aleixandre y Luis Cernuda; pero señalemos el influjo que sobre ellos posee la poesía clásica grecolatina, los románticos ingleses, Auden, Yeats, Pessoa y, en España, el grupo “Cántico”, Biedma, Valente, …
- Sus temas van de lo personal (amor, erotismo, recreación de la infancia…) a lo político o público (Vietnam, sociedad de consumo…).
- Cierta frivolidad en el tratamiento de los temas: Marilyn Monroe con el “Che”, Groucho Marx con Karl Marx, Charlie Parker y Vietnam, etc., títulos de películas, canciones, elementos de la cultura del momento, en lo que se denomina “collage”.
- Su objetivo en cuanto al estilo es la renovación del lenguaje poético y, en este sentido, podemos hablar de un nuevo vanguardismo, con aspectos surrealistas por la ruptura con la lógica de un mundo absurdo.
El cambio en las perspectivas retórica y poética se concreta en unas características; así, destacamos como comunes a estos poetas estos elementos: el mar, el mundo clásico, el cosmopolitismo, la sacralización de la literatura por encima de la vida, el exotismo, los viajes fantásticos, el decadentismo y el verso libre.
El punto de partida se considera el libro Arde el mar (1965), de Pere Gimferrer, seguido de La muerte en Beverly Hills (1967), del mismo autor. Otros libros significativos del grupo son Teatro de operaciones (1967), de Antonio Martínez Sarrión; Cepo de nutria, de Félix de Azúa; Dibujo de la muerte (1967), de Guillermo Carnero.
5.1. Pere Gimferrer
Nació en Barcelona en 1945 y comenzó su trayectoria lírica en lengua castellana, aunque más tarde también ha cultivado la poesía en lengua catalana, con libros como La llum (1991). Es un poeta esteticista, con gran capacidad de sugestión poética, fuerte culturalismo e influencia surrealista en muchos de sus poemas. Entre sus libros en castellano figuran títulos como La muerte en Beverly Hills (1968) y Arde el mar (1966). Esta obra supuso un gran cambio en la tendencia poética de su época, por su brillante y original lenguaje poético, con el que expresa la nostalgia de una adolescencia perdida o no vivida. Uno de los poemas más conocidos del libro es su «Oda a Venecia ante el mar de los teatros», muestra del estilo culturalista conocido como estética «veneciana».
5.2. Antonio Martínez Sarrión
El albaceteño Antonio Martínez Sarrión, nacido en 1939, ejerce como poeta y traductor. Su poética es antirrealista y sesentayochista, con gran admiración por la poesía beat. En su obra aparecen referencias culturalistas, irracionalistas, surrealistas y míticas (literatura, cine, jazz) que fueron seguidas por casi todos los poetas del movimiento de los novísimos. En su poesía se mezcla todo: una conversación, una digresión, un recuerdo, una canción, etc., todo favorecido por la ruptura de la estructura sintáctica. Sin embargo, se diferencia del surrealismo en que —según define el autor— «la acumulación de imágenes, aparentemente inconexa, proviene de la voluntad (…) de expresar el caos tal y como se vive. No hay, por tanto, trabajo sobre ‘asociaciones libres’, sino disgregación consciente de asociaciones lógicas, (…)».
Entre sus obras podemos destacar Teatro de operaciones (1967), junto a varias antologías y libros de memorias