Cornelia Bororquia: Inmoralidad Social y Revolución en la Literatura del Siglo XIX

Cornelia Bororquia: Inmoralidad Social y Revolución en la Literatura del Siglo XIX

En 1804, el Santo Oficio prohibió Cornelia Bororquia, incluso para aquellos con licencia. Esta obra estaba destinada a ser un libro cuya reputación de satánico le precedería en todas sus ediciones. Así, se convirtió en un volumen que no pocas amas de casa muy católicas y algún ortodoxo y severo paterfamilias quemarían o tirarían a la basura. Sin embargo, para otro sector del público, la prohibición representaba el aliciente más seductor. Estos lectores debieron de envolver sus ejemplares de Cornelia Bororquia en papel de seda, guardarlos en el arca más segura de la casa y, al pasarlos a sus hijos, insistirles en que se trataba de una de las rarezas o tesoros del haber familiar, de la cual no debían separarse. Para estos lectores, la obra representaba uno de esos deleites que se disfrutan con la conciencia de la censurable singularidad del acto.

Análisis de la Obra

Se pueden distinguir dos aspectos fundamentales en Cornelia Bororquia:

  1. Modelos literarios y mensaje moral.
  2. Arte literario.

Modelos Literarios

La obra se inspira en dos modelos literarios principales:

  • La novela gótica inglesa The Monk (El monje, 1796) de Matthew Gregory Lewis.
  • Un par de novelas entrelazadas del Marqués de Sade: Justine ou les malheurs de la vertu (1791) y Juliette ou les prospérités du vice (1796). La forma definitiva de ambas, La nouvelle Justine ou les malheurs de la vertu, suivie de l’histoire de Juliette, sa sœur, se publicó en 1797.

Estos modelos resultan útiles para quien deseaba desvelar la podredumbre moral, la injusticia y la inhumanidad de la Santa Iglesia Católica Romana y la Inquisición hacia los inocentes y crédulos fieles. En Cornelia Bororquia, la mujer inocente, objeto de la violenta lujuria de un alto prelado a quien había admirado como dechado de virtud, simboliza la sociedad cristiana, oprimida por la jerarquía eclesiástica y su brazo penal y policial: el Santo Oficio.

Influencia de las Comedias Lacrimosas

Además de los modelos mencionados, Gutiérrez busca inspiración en las comedias lacrimosas. Este género buscaba instituir el respeto a la virtud natural en la sociedad europea, reemplazando las lágrimas del sufrimiento con las de la alegría o la admiración ante acciones naturales de valor ético individual y colectivo. Este nexo de símbolos de la revolución y redención puramente seculares se sostiene sobre el sangriento suceso que inicia el desenlace de Cornelia Bororquia.

En El monje de Lewis, Antonia, la víctima principal de la lascivia del satánico monje Ambrosio, es llevada a una cripta sepulcral, violada y apuñalada. En cambio, en Cornelia Bororquia, la protagonista evita ser violada por el Arzobispo de Sevilla clavándole en el pecho el cuchillo para cortar el pan (pág. 138). La inversión de la acción (una doncella indefensa administra justicia privando de la existencia, no a un simple monje, sino al más pudiente potentado de la Iglesia de Andalucía) representa, a nivel alegórico, la esperanza de una sublevación del pueblo sufrido tras siglos de tormentos por el Santo Oficio, con el consentimiento del alto clero.

Simbolismo y Revolución

La obra contiene semillas de la revolución. No debe olvidarse que Luis Gutiérrez, harto de la vida monástica, huyó de su convento de Valladolid a Francia en 1799 o 1800, uno o dos años antes de publicar su novela en el país vecino, donde aún se vivía la Revolución por antonomasia. Gutiérrez ejerció de periodista en Francia (Gaceta de Bayona), y es evidente el valor propagandístico liberal de su obra.

Sin embargo, incluso los lectores españoles que odiaban al Santo Oficio tendían a ser conservadores. Para que leyesen con aprobación un libro de contrabando, impreso en Francia (como las tres primeras ediciones de Cornelia Bororquia), era necesario hablarles en alegoría, para que ellos mismos fuesen aplicando la moraleja a las diversas facetas de la vida que conocían. El sentido de la alegoría puede resumirse así: No es peor violar a una muchacha indefensa que privar a los fieles de la libertad (de culto, de lectura, de expresión oral, de estudio científico, de autodeterminación política, sexual, de aborto, etc.). La Iglesia y la Inquisición eran culpables de todas estas privaciones.

Relaciones con sus Antecedentes Literarios

En una carta del 9 de marzo, dirigida a su padre, el Gobernador de Valencia, la prisionera inquisitorial Cornelia se queja de la conducta del Arzobispo durante sus visitas al calabozo. Destaca especialmente las «caricias» del Arzobispo, sus «violencias», «su maldad, su grosería, su barbarie, sus modales indecentes, sus ojos llenos de fuego indigno, su semblante halagüeño en apariencia y pálido y colérico en realidad, su postura indecorosa y liviana; todo, todo hubiera extinguido aun en la mayor prostituta la más leve chispa de los placeres del amor» (págs. 71-72).

Este período podría encontrarse en Juliette, ou les prospérités du vice, donde el libertinaje de cardenales y arzobispos con prostitutas lleva a violentas peleas. Además, la valiente víctima, Cornelia, no es una de esas señoritas etéreas e imposiblemente virtuosas de la novela sentimental de la Ilustración; es una joven real, que conoce el mundo de la prostitución, al menos a nivel teórico. El Arzobispo es, según Cornelia, un ser de «brutal apetito» y un «monstruo, más digno de habitar en los áridos desiertos de la Arabia» (ibídem).

En El monje de Lewis, se presenta uno de varios posibles modelos de las posturas livianas del Arzobispo español. El monje Ambrosio, tras entrar sigilosamente en el dormitorio de Antonia, «quedóse algunos momentos devorando esos encantos con los ojos, los cuales muy pronto habían de someterse a sus pasiones mal reguladas. La boca, medio abierta, parecía solicitar un beso; él se inclinó sobre ella; unió sus labios a los de ella, y con rapto inhaló la fragancia de su aliento. Este momentáneo placer incrementó su anhelo de otros más grandes. Su apetito subió a ese nivel frenético por el que se agitan los brutos. Se resolvió a no dilatar ni un instante más el logro de su deseo, y apresuradamente procedió a arrancarse esas prendas que impedían la gratificación de su lujuria» (The Monk, págs. 294-295). Esto tiene ecos en el pasaje de Gutiérrez: caricias, violencias, modales indecentes, ojos llenos de fuego indigno, postura indecorosa y liviana, brutal apetito.

La acusación de la viuda Elvira al monje hipócrita Ambrosio en El monje es comparable a la autoacusación del Arzobispo de Sevilla en la novela de Gutiérrez. La madre de Antonia sorprende a Ambrosio y le recrimina: «No es un sueño —gritó—. Es realmente Ambrosio a quien tengo delante. Es el hombre a quien Madrid estima como santo, y yo le encuentro a hora tan avanzada al lado del lecho de mi infeliz niña. ¡Monstruo de hipocresía! Yo ya sospechaba tus miras, pero me abstuve de acusarte por compasión a la debilidad humana. Ahora el silencio sería criminal. Toda la ciudad sabrá tu incontinencia. Yo te desenmascararé, traidor, y convenceré a la Iglesia de que protege a una víbora en su seno» (The Monk, pág. 295; la cursiva es mía). Los términos de la autoacusación del prelado expirante son semejantes a los del reproche de la madre de Antonia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *