El Origen del Mal: Interpretación del Génesis 3 y su Significado

El Origen del Mal: Una Exploración del Génesis 3

El capítulo 3 del Génesis, perteneciente a la fuente J, fue originalmente una narración independiente que combina dos géneros literarios: el carácter etiológico y sapiencial. Relacionado con la creación del hombre (Gn 2,9) y el mandato de 2,16-17, pretende dar una respuesta a la experiencia universal del mal. ¿Cuál es su origen, si Dios todo lo ha creado bueno? Dios ha puesto al hombre en un jardín y todos sus frutos están a su disposición. Solo les prohíbe comer del árbol del “Centro del jardín”, pues si lo hacen, morirán. La prohibición, pues, tiene la finalidad de proteger al hombre de la muerte. Por medio de este mandato, Dios espera algo del hombre. Si confía en el que le da el mandamiento, entonces es que se adhiere a Él. Pero es libre para oponerse a su mandato. En el relato, el autor nos plantea lo incomprensible de la existencia humana.

Hay una conciencia solidaria en lo bueno y en lo malo. De aquí surge el segundo aspecto: su carácter sapiencial. Hay una profunda verdad existencial. Se trata de poner de manifiesto la vida humana rota por el pecado. El autor pretende llevarnos al conocimiento de nosotros mismos; nos hace ver que ser hombre es ser pecador.

Los vv. 1-7 describen el pecado; la sección intermedia (vv. 8-13) posee un significado que se condensa en la pregunta “Adán, ¿dónde estás?”; los vv. 14-24 anuncian las consecuencias del pecado. J quiere subrayar que el mal no procede de Dios. El mal en el hombre es obra de la libertad del hombre. Es el hombre quien ha introducido el mal en el mundo libremente. Él es quien se ha aliado con la serpiente, representación del mal, de la seducción del mal: la tentación. La situación que se produce como consecuencia de esta entrada del mal en el mundo es irreversible. Esto viene señalado por la maldición proferida por Dios. Pero hemos de subrayar que Dios no maldice al hombre, sino a la serpiente.

Análisis Detallado de los Versículos Clave

v.1-3: La Tentación y el Engaño

Hay aquí un resto mitológico evidente: la serpiente, que desempeñaba una función en los ritos cananeos de la fertilidad, adquiere aquí una simbología del mal, pero personalizado en la “astucia”. En el mal hay siempre una intención personal y un engaño. Pero sobre todo el autor subraya la fuerza y el poder de la tentación, especialmente en lo que está prohibido: “Era agradable de ver”. El poder de la tentación, inherente y familiar a todo ser humano, proviene de fuera. La serpiente en el relato es solo el símbolo de este poder tentador que, misteriosamente, habla a través de una de las criaturas de Dios. La serpiente establece una pregunta fundamental en donde se esconde un engaño: la mentira primordial. Insinúa una restricción de la libertad al hombre por parte de Dios. También en la respuesta de la mujer se añade algo que no estaba en la prohibición: “ni lo toquéis”. En el origen del mal está el engaño, la falsedad.

v.5: La Promesa de la Divinidad

La serpiente, como verdadera tentación que es, tiene algo que ofrecer: “Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. Primero niega la inevitabilidad de la muerte y luego presenta una “semejanza” con Dios, pero sin Dios: la completa autonomía moral, el derecho a decidir por sí mismo qué es bueno o malo. Aquí está la clave en la pretensión de conocer el bien y el mal: todo. El hombre pretende situarse en el lugar de Dios, pero sin Dios. La confianza en sí mismo, en lugar de la confianza en Dios. Esto es el pecado: autoafirmación del yo, “egocentrismo”, egoísmo. El hombre es la fuente de la moralidad, él decide, por sí mismo y en función de sí mismo, el bien y el mal. El hombre se erige en su propio creador, se instala en el centro, es “como un dios”. De esta forma, J nos presenta el pecado como una ruptura con Dios. La serpiente siembra en el hombre la desconfianza hacia Dios. El hombre critica, pone en cuestión a su creador.

v.6: La Decisión Compartida

Pone de relieve el doble carácter del pecado, a la vez personal y social. Es una pareja tomando en común una decisión y siendo solidaria en la responsabilidad del mal.

v.7: La Consecuencia Inmediata: La Vergüenza

¡El hombre come del fruto prohibido y no muere! La serpiente les había prometido que se les abrirían los ojos, y efectivamente así ocurrió. Pero no de la manera que suponían: lo que vieron fue que estaban desnudos. Su fragilidad e indefensión. Pero sobre todo la desnudez en Israel es signo de degradación. Experimentan la vergüenza y una vergüenza mutua. Es decir, se ha producido en ellos una alteración de su ser. Por primera vez experimentan la vergüenza, como una ruptura en lo más profundo de su ser. El pecado, inesperadamente, es la negación del hombre, como fruto de la negación de Dios.

Sin embargo, hay algo sorprendente y es que la vergüenza puede ser algo positivo, mientras que la “desvergüenza” sería negativo. Los hombres sienten vergüenza porque algo no es correcto, pero es gracias a ella como son conscientes de que habían obrado mal y no bien. La serpiente había acertado, pero ellos se habían equivocado. Efectivamente, ahora conocieron la diferencia entre el bien y el mal, ahora sienten vergüenza.

vv.8-10: El Temor y el Escondite

La presencia de Dios pone al descubierto la realidad profunda del pecado. El hombre tiene miedo de Dios y huye de Dios. El pecado es ruptura, separación, alejamiento. A la confianza y la amistad, sucede el temor, el miedo a Dios. En Edén, el hombre disfrutaba de la amistad con Dios, que se rompe por el pecado. El hombre siente ahora temor de estar frente a Dios. Esta especie de juicio cara a cara entre Dios y el hombre es algo inusual en la Biblia, porque no pertenece a nuestra experiencia inmediata. Un hecho semejante solo tiene lugar aquí, en el c. 4 entre Dios y Caín y en el N.T. en Mt 25 cuando se habla del juicio final, pero en forma alegórica y como paralelo escatológico a este primer juicio. La escena reproduce un acto judicial ante Dios, del cual surgirá una especie de sentencia respecto del ser humano, el cual, por su parte, presenta sus recursos de alegación. La primera reacción del hombre cuando “oye” a Dios es esconderse, porque tiene miedo. Como consecuencia de su acto libre, el hombre teme sus consecuencias e instintivamente tiende a protegerse. El hombre se defiende frente a Dios. Y, efectivamente, Dios permite que el hombre alegue “todo” lo que considere que puede serle favorable.

vv. 11-13: La Ruptura Horizontal

Avanzando aún más, J pone de manifiesto otro aspecto del pecado: la ruptura horizontal. El pecado no solo es ruptura con Dios, sino también ruptura de los hombres entre sí. Fruto del pecado es la insolidaridad, la acusación mutua. La comunión entre los seres humanos queda rota de ahora en adelante y se pasa al enfrentamiento que culminará en el asesinato de los hijos de Adán y Eva: Caín y Abel, como progresión del pecado. Ambos aspectos, la ruptura con Dios y la ruptura con los hombres, van entrelazados y son indisociables. En efecto, las palabras “la mujer que me diste por compañera…” son ante todo un reproche a Dios, una acusación implícita a Dios. Es una consecuencia del pecado: acusar a Dios.

vv.14-19: Las Consecuencias Naturales

Estos versículos son importantes. El hombre queda situado frente a su responsabilidad por sus propios actos. El hombre es responsable. De hecho, el único personaje con quien Dios no dialoga es con la serpiente. Pero se nos presentan como consecuencias del pecado cosas que son completamente naturales: el parto con dolor, el deseo sexual, la fatiga en el trabajo, la muerte… ¿Por qué? Porque el pecado afecta al hombre esencialmente, en sus actividades y posibilidades esenciales: la entrega amorosa, la relación hombre-mujer, la maternidad y paternidad, el trabajo, la vida. Describe la existencia humana alejada de Dios. No se trata de castigos, sino que, más bien, reflejan el estado del hombre separado de Dios. Dios no maldice al hombre ni a la mujer, maldice a la serpiente y al suelo. J subraya más bien la limitación del ser humano y de su existencia separada de Dios. El hombre no es absolutamente bueno, aunque tampoco es absolutamente malo, sino sujeto a la tentación, a cometer faltas, a pecar, al sufrimiento y a la muerte. La relación de subordinación de la mujer al hombre contrasta con la igualdad fundamental que afirma Gn. 2, 21-24. Refleja la especial dificultad de la vida de la mujer, “dominada” por el marido. La diferencia complementaria entre ambos es sustituida por una relación de desigualdad que es consecuencia del orden instituido por el hombre y no por Dios. La maternidad, la fecundidad, que constituía la bendición de Dios, será vivida como algo penoso: “parirá hijos con dolor”.

Por otra parte, si hasta aquí se había dicho que el pecado es una ruptura con Dios y con los otros, también es una ruptura con la tierra. El hombre procedía de la tierra, existía una solidaridad entre ambos que ahora ha desaparecido. No se maldice el trabajo en cuanto tal, sino su fruto. Antes, en el paraíso, el hombre también trabajaba, pero ahora le producirá “cardos y espinas”. El trabajo será penoso y expuesto al fracaso. No hay proporción entre el esfuerzo y los resultados (hoy en día, p. ej., cuando la tecnología ha aligerado tanto el trabajo, se ha incrementado el llamado “stress”). Es también una indicación de que el hombre es más que su trabajo y no puede ser simplemente identificado con él.

Lo mismo ocurre en el v.19 respecto de la muerte. No se dice que antes el hombre no muriese. Además, hay que señalar la relación de este versículo con Gn 2,17. Allí Dios había anunciado la muerte si comían del árbol. Ahora bien, por lo que se dice ahora parece que tenía razón la serpiente: no murieron. ¿Qué ocurre entonces? Que al hombre se le revela su ser mortal, y ahora sin Dios. La muerte le aparece como un fin oscuro: el polvo y la tierra al que irá a parar irremisiblemente. Saber eso, vivir constantemente ensombrecido por la oscuridad de la muerte es algo que el hombre ya no podrá olvidar desde que está solo, sin Dios. El modo de vivir la muerte, la angustia, surgen del pecado. Por eso, se buscará incansablemente a sí mismo, salvar su vida, defender su vida, y por el temor de la muerte estará de por vida sometido a esclavitud.

v.15: La Promesa de Redención

Este versículo es muy importante. Proclama la misericordia de Dios. La serpiente es símbolo del pecado en el hombre, del mal del mundo. Pues bien, no existe una victoria definitiva del mal: “él te pisará la cabeza”: él vencerá el mal. La historia será historia de salvación del pecado del hombre, del mal del mundo, y no una historia de condenación. ¿Quién es ese “él”?.

vv.20s: La Expulsión y la Misericordia Divina

La expulsión del jardín. El hombre no ha muerto después del pecado y esto no significa que Dios no haga lo que diga, sino todo lo contrario. Dios ha creado la vida y no la destruye, incluso a pesar del hombre. El punto central aquí está en que Dios mantiene la vida, incluso a pesar del hombre. En el v.21 se nos presenta sorprendentemente a Dios cuidando de los hombres. Es decir, toma a los hombres como seres que cayeron, necesitados de ayuda y protección. No les impone que vivan desnudos el uno frente al otro, con su debilidad y su indignidad descubierto: Él mismo vela su desnudez: Dios los vistió. Es una metáfora del perdón. La acción de Dios acompaña al hombre. La compasión del creador interviene en el mundo, aunque el hombre haya sido expulsado del paraíso y viva en la lejanía de Dios.

Otro signo mostrará la acción de Dios. La mujer da a luz un hijo, se convierte en madre y su marido la llamará “Vida” (Eva, de el hebreo hawwah). Incluso separados de Dios, el hombre permanece en la bendición de Dios.

Los vv. 21-24 no constituyen una unidad. La expulsión del jardín, p. ej., se narra dos veces, en el v. 23 y en el 24. Se introduce el tema del “árbol de la vida” que enlaza con 2,9. Una variante de este árbol lo encontramos en el poema épico de Gilgamésh, quien horrorizado ante la muerte va en busca de una “planta de la vida” que le proteja contra la muerte. Aquí este árbol se dice que está custodiado por una figura, el “querubín”, probablemente mezcla de hombre y animal, con una espada de fuego, un arma concebida como un ser independiente. Es decir, una figura mítica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *